paisaje “Lo que sabemos es una gota de agua, lo que ignoramos un océano”, Isaac Newton. ( Newton fue un firme creyente en Dios y publicó más obras sobre interpretación de la Biblia que sobre física y matemáticas).
La evolución de los seres vivos debió ser primero bioquímica y se supone que comenzó por la formación de los ácidos nucleicos quizás derivados de la emisión al espacio de carbono, nitrógeno, oxígeno y formación del fósforo durante el ciclo CNO de las estrellas mayores y la reacción protón-protón en las medianas que produce grandes cantidades de hidrógeno y de energía.

Ignoramos cómo se llegaron a formar las moléculas de nucleótidos ( constan de un azúcar, la ribosa o la desoxiribosa y parejas de bases nitrogenadas unidas por puentes de hidrógeno: citosina, timina, adenina y guanina y un grupo fosfato) que forman los  ácidos nucleicos, el ADN y el ARN (ácido desoxiribonucleico y ribonucleico) que son polímeros de nucleótidos, es decir cadenas  de nucleótidos unidos entre sí por  grupos fosfato que actúan de enganche como entre los vagones de un tren.

El ADN es la estructura genética que se propaga generación tras generación, y contiene las instrucciones para la formación de las proteínas, que son las moléculas que forman la estructura de las células y substancias  intercelulares y, por tanto, el esqueleto y la función de la vida, pues forman también las enzimas que regulan el metabolismo.  Están formadas por polipéptidos o cadenas de 20 aminoácidos, llamados esenciales, cuyo orden determina la cualidad funcional de las proteínas. Un gen es un  segmento de ADN capaz de codificar  ARN, el cual  traduce el mensaje en una cadena de aminoácidos, es decir en una proteína.

Este material genético está contenido en los núcleos de las células de los organismos eucarióticos en forma de cromosomas y en las mitocondrias. El conjunto de los genes de un organismo se denomina genoma, y es una constante de cada especie. Cada ser humano es el desarrollo de un programa genético único e irrepetible.

Lo hasta aquí descrito es mucho más complejo en la realidad ya que no todo el ADN es codificador, sino que está también formado en su mayor parte por segmentos no codificadores denominados intrones, de función desconocida, pero que parecen ser consecuencia natural del proceso evolutivo de la programación genética. Podrían representar un papel en la destrucción y recombinación de los productos del ADN codificador y tener por ello un efecto estabilizador, mejorando los caracteres de los nuevos productos del ADN codificador.  Los intrones fueron descubiertos en 1977 y desde entonces traen de cabeza a la comunidad científica, especialmente a los que tratan de aplicar las ideas neo-darwinianas sobre la evolución. Los intrones representan aproximadamente el 30% del genoma humano, el 3%  lo compone el ADN codificador y el resto secuencias de ADN repetitivas o reguladoras. El ADN no codificador que algunos designan con el absurdo nombre de “ADN basura” puede representar un desafío a la teoría de la evolución, pues tanto si contribuyen negativamente al proceso genético como si son inertes o pasivos al mismo, hace mucho tiempo que la selección natural debió haberlos eliminado. No parece que tengan efecto directo sobre la aptitud de un individuo surgido de un salto evolutivo, sino quizás sobre la capacidad de que sus descendientes sobrevivan, lo que se denomina  “aptitud efectiva”.

La edad de la tierra se estima en unos 4600 millones de años. Al principio era una masa incandescente cuya superficie tardó poco en enfriarse y se crearon los mares y los océanos. La composición química de la atmósfera era entonces muy compleja pues no existía la capa de ozono que nos protege  de las radiaciones solares y soportaba una intensa actividad eléctrica y fotónica, condiciones que fomentaron en las aguas la aparición de compuestos químicos cada vez más intrincados y variados que culminarían con la aparición de formas de vida. La vida en la tierra surgió hace unos 3500 millones de años.  Las primeras formas fueron probablemente microscópicas, luego algas y gusanos que no dejaron restos fósiles. Este período de la vida se conoce como “precámbrico”, es decir anterior a la aparición de los fósiles .

En la era secundaria (hace unos 245 millones de años) aparecieron los primeros dinosaurios que dominaron la tierra en el período jurásico (hace unos 210 millones de años), también existieron  mamíferos que hubieran sucumbido ante la voracidad de los primeros, pero hace unos 65 millones de años los dinosaurios desaparecieron, quizás porque un colosal asteroide cayó sobre la tierra (se cree que en la península del Yucatán, México), levantando tal nube de cenizas y polvareda tan irrespirable que los grandes dinosaurios fueron incapaces de sobrevivir a tal catástrofe, en tanto que los mamíferos sobrevivieron por sus menores exigencias metabólicas o por su capacidad de adaptación o mayor inteligencia. Si no hubiera chocado tal asteroide contra la tierra, quizás no estaríamos aquí nosotros.

En el oligocenio, hace 35 millones de años aparecieron las primeras plantas con flores y los primeros primates, probablemente en Africa oriental. Vivian cómodamente en los árboles y de los árboles, tan cómodamente que su vida fácil les condujo a una superpoblación que les obligó a bajar de los mismos, adoptar la posición erguida y buscarse la vida por las sabanas y estepas, ambiente para ellos hostil ya que no estaban preparados para la caza.  Probablemente compensaron su debilidad uniéndose en manadas de forma semejante a los mamíferos cazadores, se trata de los primates Ramapithecus. Hace unos 8 millones de años fueron “expulsados del paraíso”, pero sobrevivieron  otros monos cazadores con el nombre de homínidos, agrupados por los biólogos bajo el género de los Australopithecus. Supieron compensar sus escasas dotes de supervivencia con un incremento de sus habilidades: por su postura erguida tenían libres sus extremidades superiores  y aprendieron a usarlas para matar presas pequeñas con piedras, potenciaron su agilidad, capacidad de comunicación y de observación y probablemente todo ello les llevó a un incremento en la complejidad y eficacia de los circuitos neuronales de su corteza cerebral. Hace 2,5 millones de años entre los australopithecus apareció el Homo habilis, al que los biólogos han asignado la denominación de homo que superaba a los australopithecus en inteligencia. Hace 2 millones de años apareció el Homo erectus, al cual  reservaba la naturaleza condiciones de vida extremas, denominadas glaciaciones, de las que sobrevivió gracias al fuego, primero aprendió a conservarlo cuando  los rayos incendiaban los árboles y los restos vegetales, y luego aprendió a  crearlo y controlarlo.

El primer ejemplar que reconocemos como Homo sapiens data de hace unos 195.000 años y probablemente fue capaz de un arte prefigurativo  (incisiones y marcas decorativas en hueso y piedra) y luego de un arte decorativo (partes de animales pintados en piedra). Es imposible saber cuándo pero fue adquiriendo cierta capacidad de pensamiento abstracto, es decir formas de pensar no sometidas al estímulo externo y cierto lenguaje articulado cuyo significado no dependía del contexto ( los homínidos llevaban mucho tiempo comunicándose con cierta eficacia: un grito podía significar un aviso de alarma o el  inicio del ataque a una presa), pero el lenguaje articulado significaba aludir a un hecho de forma inequívoca e independiente del contexto.

Lo expresado hasta este momento puede representar para los no creyentes  la demostración de la teoría neo-darwiniana, (combinación del determinismo genético y la teoría de la evolución de Darwin), fundamentada en  el dogma central, según el cual la información genética fluye de forma lineal del ADN al ARN y de éste a las proteínas, nunca en dirección opuesta y sin que el medio o cualquier otra entidad divina o humana pueda interferir el proceso. Estas teorías fueron muy celebradas por los poderes dominantes, fueran políticos, económicos, científicos o de cualquier índole ya que les permitía afirmar que su superioridad era por su mejor dotación genética, debido a mutaciones que de forma mecánica transmitían un mejor condicionamiento personal en tanto que los pobres y desposeídos lo eran  por una naturaleza genética de inferioridad.

En los inicios de la década de los 80 los conocimientos cambiaron al acumularse numerosas observaciones que contradecían el flujo rígido y vertical del  ADN-ARN-PROTEÍNAS. Se descubrió la enzima retrotranscriptasa o transcriptasa inversa, que permite producir, por ejemplo a los retrovirales del tipo del VIH (el virus del SIDA),  ADN del ARN, además se observó que el ambiente, totalmente denostado por las teorías anteriores, junto a los cuidados del recién nacido, las dietas de la madre, sus costumbres o su estrés, podían afectar los patrones de expresión genética en el embrión , el feto o el niño de forma que actualmente se cree más en la “teoría de la  flexibilidad genética” que explica mucho mejor la increíblemente elaborada y delicada danza de la vida. Necesitamos concebir al hombre como ser vivo libre y espontáneo y no como el producto final del determinismo genético.

El origen de los humanos puede ser tal vez entendido a través de la teoría de la evolución, si bien con enormes interrogantes (ABC,23 de marzo del 2009) pero sólo como una lenta y gradual transformación biológica en el que todos sus procesos físicos y psíquicos  van dirigidos exclusivamente a fines materiales, generalmente de supervivencia y reproducción, luego Dios infundió la naturaleza espiritual (el alma) y la razón moral  para que el hombre pudiera hacer juicios sobre la verdad, la belleza, la bondad, las  emociones, afectos, aflicciones, el amor, la libertad , la estética, la justicia el sentido de la vida, la trascendencia del ser humano o la necesidad de Dios, los cuales no están sometidos a las leyes genéticas dando lugar a ese ser complejo, múltiple, contradictorio y lleno de sorpresas que es el ser humano.

Después de 25 siglos estudiando el Génesis seguimos sin conocer exactamente su significado, pero pensar  que los hallazgos científicos son un enemigo en esa búsqueda es erróneo. El Dios de la Biblia es también el Dios del genoma. Se le puede buscar en la catedral o en el laboratorio pero su creación siempre será majestuosa, sobrecogedora y bella y por ello no podrá estar en guerra con ella misma, somos nosotros, humanos imperfectos los que iniciamos tales batallas… y también podemos terminarlas.

Dr. Juan María Loizaga Doctor en Medicina. Doctorado por la Universidad Autónoma de México

Los comentarios están cerrados.