ma Una de las necesidades más profundas del corazón humano es la necesidad de sentirse apreciado. Todos deseamos ser valorados, aceptados, queridos. Nada en la vida humana tiene un efecto tan duradero y fatal como la experiencia de no ser completamente aceptado, pues cuando no soy aceptado se rompe algo en mí.

El niño que no es bienvenido se frustra desde las raíces misma de su existencia; el ser aceptado me convierte en la persona singular que estoy destinada a ser… cuando no soy aceptado, no puedo realizarme.

“Aceptación” significa que soy bienvenido tal como soy, que, aunque siempre sea necesario mejorar, nadie me obliga a ello. La aceptación significa que las personas con quienes convivo me proporcionan un sentimiento de autoestima, la sensación de que soy valioso. Hay padres que no respetan el hecho de que sus hijos sean y quieran ser distintos a ellos. El gran drama de muchas familias está que no se aceptan los unos a los otros como son. Así los hijos no se verán nunca amados por sí mismos. Sentirán que sus padres aman al ideal que de ellos se hicieron, no a los hijos que han tenido.
Los hijos desean ser queridos tal y como son, amados por ser lo que son, no sólo soportados. Hay hijos que llegan a sentirse como traidores de los sueños de sus padres. Alfredo Rubio, psiquiatra, dice: “La clave de toda psiquiatría está en que el paciente se acepte a sí mismo tal como es. Nadie podría curarse o ser feliz si se empeña en ser otro”. Nosotros, padres, somos los arcos desde el que nuestros hijos como flechas vivientes son impulsados hacia adelante. La meta de la flecha es el blanco, no el vivir acurrucado junto al arco. Si hace esto último, la flecha se hace inútil y hace también inútil al arco.

Carta a un hijo: “Harías bien en tratar de cambiar por tu propio bien, pero lo importante es que sepas que yo te quiero, como eres o como puedes llegar a ser. Nadie es capaz de cambiar si no se siente querido, si no experimenta una razón “positiva” para cambiar, si no tiene una fuerza interior suficiente para subirse por encima de sus fallos. Todos hemos crecido en la dificultad, no importan los reveses de la vida, ni los golpes de la existencia, hay que sembrar amor en la tierra del desamor, las pruebas enriquecen, aportan experiencia, apacientan el alma y muestran de forma inexorable la fugacidad de la vida. No temas cuando alguien te ponga a prueba, actúa, responde a los desafíos, hay gente a tu alrededor que necesitan de ti, comparte con ellos cuanto llevas dentro”. José Luis Martín Descalzo aconseja a los padres que le cuentan problemas con sus hijos: “De momento, quiérele, quiérele ahora más que nunca, no le eches en cara sus defectos, que él Ya conoce de sobra. Quiérele, confía en él, hazle comprender que le quieres y que le querrás siempre, con defectos o sin ellos. Él debe estar seguro de que, haga lo que haga, no perderá tu amor. Eso, lejos de empujarle al mal, le dará fuerza para sentirse hombre. Con continuos reproches lo más probable es que multipliques su amargura y le hagas encasquillarse en sus defectos, aunque sólo sea por amor propio. Él debe conocer que esos fallos suyos te hacen sufrir, pero debe saber también  que tú le amas lo suficiente como para sufrir por él todo lo que sea necesario. Y nunca le pases factura de ese amor. Tú lo haces porque es tu deber, porque eres padre o madre, no como un gesto de magnanimidad. Y cuando te canses -porque también te cansarás de perdonar por mucho que le quieras-acuérdate alguna vez de que también Dios nos quiere tal y como somos y tiene con nosotros mucha más paciencia que nosotros con los nuestros.
Pero, ¿y si la técnica del amor termina fallando, porque también la ingratitud es parte de la condición humana? Al menos habremos cumplido con nuestro deber y habremos aportado lo mejor de nosotros. En todo caso, es seguro que un poco de aumento de amor vale mucho más que mil reproches. Lo seguiré intentando, con todo mi amor. Mamá.

Macarena Ferraro

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